Los
inversores toman el mando A finales de los años
sesenta, de los estudios cinematográficos sólo quedaba el nombre, ya que su función
original y su propiedad habían sido asumidas por inversores ajenos a la industria. Los
nuevos propietarios, las grandes corporaciones audiovisuales, pusieron el acento
preferentemente en la producción de películas como una mera inversión de los excedentes
de los negocios musicales. Así, los estudios aún funcionaron durante la década de 1960
produciendo adaptaciones de musicales y comedias de Broadway. En 1968, el fin de la
censura permitió a la industria de Hollywood especializarse en películas que mostraban
un alto grado de violencia y una visión más explícita de las relaciones sexuales.
Las grandes producciones Frente al cine que
representan realizadores de cine de autor, pese a ser estadounidense y en ocasiones ligado
a la industria de Hollywood, ésta ha continuado otras líneas de producción para el
consumo masivo, especialmente de niños y adolescentes. Se basan principalmente en el
efectismo que las nuevas tecnologías y los grandes presupuestos permiten. Dentro de esta
categoría figuran las películas de catástrofes, como La aventura del Poseidón (1972),
de Ronald Neame, El coloso en llamas (1974), de John Guillermin e Irvin Allen, o Titanic
(1997), de James Cameron; las recreaciones de personajes del cómic, como Superman (1978),
de Richard Donner, y Batman (1989), de Tim Burton, y sus interminables secuelas; o las
películas bélicas de ciencia ficción como La guerra de las galaxias (1977), de George
Lucas. En estos géneros
comerciales ha destacado Steven Spielberg, desde Tiburón (1975), modelo de películas en
las que una criatura terrorífica atemoriza a una pacífica comunidad, a las más serenas
y emotivas de ciencia ficción Encuentros en la tercera fase (1977) y E.T. el
extraterrestre (1982), que explotaron la fascinación por las posibilidades de vida
extraterrestre y su posible contacto con los humanos. En la serie de Indiana Jones recrea
el cine clásico de aventuras: En busca del arca perdida (1981), Indiana Jones y el templo
maldito (1984) e Indiana Jones y la última cruzada (1989). Los disparatados costes
de estas megalómanas películas han llevado a varios estudios a la bancarrota y han
forzado a otros a producir sólo 2 o 3 películas al año, con lo que la oferta de
películas disponibles se reduce, fenómeno que tiende a intensificarse con las políticas
de marketing aplicadas desde comienzos de los noventa: concentrar el esfuerzo publicitario
y promocional en pocas películas que copan luego casi todas las salas de cine de las
ciudades de todo el mundo, con lo que queda escaso lugar para la exhibición de pequeñas
producciones independientes o producciones medias de las industrias nacionales. Estas
películas quedan así arrinconadas en salas especializadas, semejantes a las antiguas de
arte y ensayo, de aforo reducido, a las que acuden los aficionados y no el gran público.
De hecho, incluso en Estados Unidos, aunque se siguen produciendo películas intimistas,
más basadas en el guión, la interpretación y la habilidad de los realizadores, como
Kramer contra Kramer (1979), Gente corriente (1980) o Paseando a Miss Daisy (1989), son a
menudo (por no ser fantásticas ni efectistas y por tratar de analizar o recrear la
realidad cotidiana) consideradas una empresa azarosa por los distribuidores, lo que
facilita aún menos su pervivencia.
La
televisión por cable y el vídeo doméstico La década de 1980 ha sido testigo de una revolución en las
formas de acceder a los productos cinematográficos, con la sustitución del visionado en
las salas de cine por el vídeo doméstico, en el que los títulos de estreno
especialmente los de las grandes superproducciones están disponibles poco
después de su pase por las salas. Este hecho, unido a la implantación progresiva de la
televisión por cable, con canales temáticos, en las que hay y habrá aún más canales
especializados en la emisión continua de películas, amenaza seriamente no ya a la
industria, sino el hecho mismo del cine. Como consecuencia, se está creando un clima
parecido al de la década de 1950, cuando las productoras buscaron, ante la llegada de la
televisión, nuevos formatos en busca de un mayor espectáculo, para conseguir atraer
nuevamente a los espectadores a las salas de cine.