Las
primeras estrellas La mayoría de los
directores de los años treinta se ocuparon sobre todo de proporcionar en sus películas
medios para el lucimiento de las estrellas más famosas, como Katharine Hepburn, Bette
Davis, Humphrey Bogart, Joan Crawford y Clark Gable, cuyas personalidades se presentaban a
la opinión pública como una extensión de los personajes que interpretaban. La moda de
llevar al cine novelas de éxito, en realidad siempre presente en la industria de
Hollywood, alcanzó su punto máximo en la década de 1930, con las superproducciones de
Historia de dos ciudades (1935), de Jack Conway, La buena tierra (1937), de Sidney
Franklin, Cumbres borrascosas (1939), de William Wyler, y uno de los grandes hitos de la
historia del cine, Lo que el viento se llevó (1939), de Victor Fleming.
El desarrollo del cine en color Los experimentos con
película de color habían comenzado ya en 1906, pero sólo se había usado como
curiosidad. Los sistemas ensayados, como el Technicolor de dos colores, fueron
decepcionantes y fracasaban en el intento de entusiasmar al público. Pero hacia 1933 el
Technicolor se había perfeccionado, con un sistema de tres colores comercializable,
empleado por vez primera en la película La feria de la vanidad (1935), de Rouben
Mamoulian, adaptación de la novela de William Makepeace Thackeray. La popularidad del
color aumentó, y durante los años cuarenta se empleó sobre todo en una serie de
musicales clásicos de la MGM (Metro Goldwyn Mayer), entre los que destaca Easter Parade
(Desfile de Pascua, 1948), de Charles Walters. En la década de 1950 el uso del color se
generalizó tanto que prácticamente el blanco y negro quedó relegado para películas de
bajo presupuesto que buscaban un realismo sereno, como Marty (1955) de Delbert Mann, sobre
las aspiraciones de un carnicero del Bronx, o El hombre del brazo de oro (1955), de Otto
Preminger, en la que se contaba la historia de un drogadicto. A partir de los años
sesenta, el blanco y negro quedó para crear efectos especiales en películas como
Psicosis (1960) de Hitchcock, o La última película (1971), de Peter Bogdanovich. Más
recientemente, lo hemos podido ver casi siempre en películas con pretensiones
artísticas, como El hombre elefante (1980), de David Lynch, Toro salvaje (1980), de
Martin Scorsese, La ley de la calle (1983), de Francis Ford Coppola, o Zelig (1983), de
Woody Allen.
El formato panorámico En 1953, la Twentieth
Century Fox estrenó su película bíblica La túnica sagrada, de Henry Koster, en un
sistema nuevo denominado CinemaScope, que inició la revolución de los formatos
panorámicos. En una sucesión rápida, todos los estudios lanzaron sus sistemas
panorámicos, tales como el Vistavisión, Todd-AO, Panavisión, SuperScope y Technirama.
De todos ellos sólo el Todd-AO y el Panavisión sobrevivirían, ya que suponían el uso
de una sola cámara, un solo proyector y película estándar de 35 mm, adaptándose más
fácilmente a todos los sistemas; su éxito cambió definitivamente la forma de las
pantallas de cine. Musicales a todo color, en pantallas anchas y plagados de estrellas,
como Ha nacido una estrella (1954), de George Cukor, u Oklahoma (1955), de Fred Zinnemann,
superproducciones históricas como Ben-Hur (1959), de William Wyler, y películas de
aventuras como Rebelión a bordo (1962), de Lewis Milestone, o Doctor Zhivago (1965), de
David Lean, llenarían las pantallas de cine.
El declive de los grandes estudios A pesar del éxito de los
espectaculares formatos panorámicos, la popularidad y la influencia de Hollywood decayó
entre las décadas de 1950 y 1960. Los estudios se desprendieron de las salas de
exhibición y de otras empresas asociadas y vendieron películas en un mercado más
abierto y más competitivo. El star system, en el que los estudios habían invertido
millones de dólares, se acababa. Los intérpretes, libres para actuar con independencia
de los grandes estudios, exigieron impresionantes sueldos y un porcentaje de los ingresos
de sus películas. Hacia 1959, la producción estadounidense había decrecido hasta 250
películas al año, lo que representaba la mitad de la producción realizada durante la
guerra. Las películas europeas y asiáticas (japonesas, principalmente), aunque
confinadas a las salas de arte y ensayo, se convirtieron en algo corriente para el
espectador estadounidense. En 1946, había menos de una docena de salas de arte y ensayo
en todo el país, mientras que en 1960 sobrepasaban el millar.
El cine sonoro español La aparición del cine sonoro provoca desorientación en la
industria cinematográfica española, que, incapaz de adaptarse con rapidez a los
adelantos técnicos, queda por un tiempo paralizada. Se produce una importante emigración
a Hollywood. Entre esos profesionales figuraban Benito Perojo, Jardiel Poncela, Edgar
Neville y otros. En 1934 se crean los estudios Cinematográfica Española y Americana
(CEA), fundados por varios dramaturgos. En esa misma fecha se produce Agua en el suelo, de
Eusebio Fernández Ardavín. También en esos años se crea la distribuidora Compañía
Industrial Film Española Sociedad Anónima (CIFESA), que después se convertiría
también en productora. Durante la dictadura del Francisco Franco se creó la Junta
Superior de Censura Cinematográfica, que obligaba a quienes quisieran realizar una
película a presentar previamente el guión y después la película, pues ésta debía
ajustarse a "la exaltación de los valores raciales y la enseñanza de nuestros
principios morales y políticos". No obstante, durante esta
etapa se realizó un puñado de excelentes películas, como Esa pareja feliz, de Juan
Antonio Bardem y Luis García Berlanga, y Surcos, de Nieves Conde, ambas de 1951. En esos
años en el cine español se deja sentir la influencia del neorrealismo italiano. Títulos
de esa etapa son Bienvenido Mr. Marshall (1952) y El verdugo (1963), ambas de Luis García
Berlanga, y Muerte de un ciclista (1955), de Juan Antonio Bardem. En los años sesenta
aparece el llamado nuevo cine español, con realizadores como Carlos Saura, que dirige La
caza (1965). Otros directores de esta etapa son Mario Camus, Basilio Martín Patino,
Miguel Picazo y el actor y director Fernando Fernán Gómez. La década de 1970 se
caracterizó por las comedias populares comerciales, todo un subgénero bautizado como
'destape'. Luis Buñuel vuelve a España para rodar Tristana (1970) y Víctor Erice
realiza El espíritu de la colmena (1973). Una vez reinstaurada la monarquía, el cine se
liberaliza y toca temas que en el franquismo estaban prohibidos. En esta etapa el cine
español ha cosechado importantes galardones internacionales, como los oscars ganados por
Volver a empezar (1982), de José Luis Garci, Belle Époque (1992), de Fernando
Trueba y Todo sobre mi madre, de Pedro Almodovar (1999).